19 ene. 2011

JOHN HOLMES Y LOS CRIMENES DE WONDERLAND


John Holmes llegó a ser la mayor estrella del cine porno. Su verdugo fue el mismo virus que ahora golpea los platós de Hollywood especializados en este género, que se han puesto en cuarentena tras descubrirse que están infectados tres actores. La leyenda erótica falleció de sida en 1988, después de amenazar con propagar la enfermedad: “Morirán todos”.
Sufrió maltratos de niño y desempeñó trabajos variopintos hasta que llegó a Los Ángeles y respondió a un anuncio que solicitaba un actor porno. Tras comprobarse que estaba bien dotado (30 centímetros) para el papel, rodó 2.274 películas y se acostó con 14.000 mujeres. Su estrella se apagó cuando se vio envuelto en un oscuro crimen.
Era el primer día de julio del primer año de la década de los 80. Nada hacía presagiar que la ciudad de Los Ángeles (California) viviría una de sus jornadas más lúgubres. El habitual calor sofocaba a la ciudad poblada desde sus inicios por soñadores y buscavidas. De pronto, una de las habituales sirenas policiales rompía la tranquilidad de un barrio de las colinas de Hollywood. El coche patrulla se detuvo delante del número 8763 de la avenida Wonderland. Los agentes respondían a una llamada de auxilio, pero llegaron tarde.
Dentro de la casa fueron recibidos por un cuadro macabro de cuerpos rebozados en sangre. Ron Launius, Billy Deverell, Barbara Richardson y Joy Miller yacían inertes. Habían sido brutalmente golpeados con una tubería. Poco tardaron los agentes en localizar a una quinta víctima. Era la mujer de Ron Launius, Susan, que afortunadamente todavía respiraba. Ella seguramente podría aclarar la matanza. Desgraciadamente, no fue así. Cuando recuperó el conocimiento, alegó que no recordaba nada y que no vio a su asaltante. ¿Sólo uno? Nadie creía que una sola persona pudiera cometer tal atrocidad. Daba comienzo así el misterio de la matanza de Wonderland o el crimen de “The four on the floor”, como se le llamó en las comisarías y en los juzgados.
Las pesquisas pronto llevaron a la policía a infiltrarse en el submundo de la ciudad. William Margold, un agente de actores porno cuyo despacho se encontraba en el corazón de Hollywood Boulevard, recibió la visita de una pareja de detectives. “¿Sabes algo de los asesinatos?”, le preguntó uno de ellos. “¿Eran traficantes?”, contestó Margold haciéndose el ignorante. “Sí, por supuesto que lo eran. Ya lo sabes”. Margold no pudo contenerse: “Entonces merecen estar muertos”.
“El rey”. El cerco se estrechó y pronto todas las miradas apuntaron a John C. Holmes, uno de los clientes de Margold. ¿Cómo podía ser? Ese tal Holmes, un hombrecillo delgado y de ojos apagados, había sido uno de los personajes más venerados de la industria pornográfica. Gozó del mismo prestigio que Elvis Presley en la música rock. Incluso también se le llamaba “el rey”, aunque por otras razones.
Tardaron muy poco en saber que Holmes, de 38 años, había perdido su estela gloriosa. Tras más de una década practicando el sexo como profesión, gracias a un legendario miembro de más de 30 centímetros y a su capacidad para eyacular cuando se le pedía, este nativo de Pickaway County (Ohio) llevaba casi un lustro viviendo un romance mortal. Su amante: las drogas. Al igual que Elvis, había sucumbido al poder de la adicción. Ya no imponía el respeto de antaño y nadie le daba trabajo.
No es extraño que se sintiera abatido después de ganar una fortuna cuando estaba en la cima de su carrera. Su peculiaridad anatómica le permitía cobrar hasta 3.000 dólares diarios y le llevó a acostarse –según repetía él una y otra vez– con más de 14.000 mujeres. Aunque no todas en horas de oficina, durante las cuales el actor participó en 2.274 películas pornográficas. “Para alimentar algo tan grande, toda la sangre le abandona el cerebro”, dijo sobre el actor porno la starlette June Wilkinson, cuyas apariciones en la revista Playboy fueron legendarias. “La verdad es que era un buen chico,” recuerda Bill Amerson, su descubridor. “No muy brillante, un poco simple, pero bastante agradable”.
El actor perdía el dinero rápidamente. Empezó a robar todo lo que podía. En las casas alquiladas para rodar películas, inspeccionaba armarios y cajones en busca de joyas, dinero o cualquier cosa de valor. Más tarde, empezó a llevarse pertenencias de coches solitarios y a aprovecharse de amigos y amantes. Su mujer –sí, estaba casado– también sufrió del insostenible apetito de su marido por la droga. Una vez le llegó un extracto de su tarjeta por valor de 30.000 dólares. Mercancías compradas por el actor que luego vendió por dinero contante y sonante. Todo por conseguir unas dosis.
Holmes se casó con Sharon Gebenini en 1965, antes de entrar en el mundo de la pornografía. Se separaron en 1982, y en la época del crimen el actor estaba unido a una niña de 15 años a la que obligaba a prostituirse.
La dependencia de las drogas hizo que conociera a Adel Nasrallah, también llamado Eddie Nash, un peligroso traficante. “La pura encarnación del diablo”, según la policía. Acosado por las deudas, entró en contacto con la pandilla de Ron Launius y Billy Deverell, ladronzuelos adictos a las drogas que hacían de camellos. El actor hizo algunos trabajos para ellos. Una vez se quedó con parte de la droga que debía entregar. Para saldar su error, les dijo que Nash tenía dinero y cocaína en su casa y juntos planearon el robo. Fue un botín espectacular. Más de 100.000 dólares en metálico y joyas que luego vendieron por 150.000 dólares. Lógicamente, Eddie Nash quería sangre. Era el primer día de julio de 1981.
Presionado por el narcotraficante, el actor delató a sus socios. Nash le obligó a ir al apartamento situado en la avenida Wonderland para ajustar las cuentas a los ladrones. Le acompañaron varios matones y nunca se aclaró su papel en los crímenes. No tardó en ser detenido y puesto entre rejas, acusado del asesinato de Launius y compañía. Todo parecía lógico. ¿Quién podía dudar de que tenía las manos manchadas de sangre? El jurado. El 26 de junio de 1982 fue absuelto.
A pesar de ello, pasó varios meses entre rejas. Abandonó definitivamente la cárcel el 22 de noviembre de 1982. Convertido en un hombre libre, intentó recuperar su gloria pasada. Fue imposible. Rodó su última película, The Rise and Fall of the Roman Empress (Auge y caída del Imperio romano), y se acabó. La diagnosticaron sida tres años más tarde y el virus se lo llevó en 1988.

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POEMA A LA MUERTE POR PABLO NERUDA

Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido de perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos;
la muerte está en la escoba,
en la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante

POEMA A LA MUERTE

¿Cómo llenar el vacío de esta noche?

No con lágrimas,

puesto que el exilio es voluntario,

sí con pena,

que no cabe en mi pecho el deseo.

¿Es, acaso, extraño una noche oscura?

De loco es añorar la luz ahora

y sin embargo me salgo de mí

y necesito como el adicto

la droga redentora.

Tiemblan mis labios

en tus labios ausentes,

huyes como una sombra

que no logro atrapar.

Queda mi grito en la garganta

y tu pecho cotidiano

de las manos se escapa,

tus ojos, ya cerrados,

no me hablan.

En este silencio sin tí

me pregunto:

¿Cómo llenar el vacío de esta noche?

NO SON LOS MUERTOS

No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de su tumba fria,
muertos son los que tienen muerta el alma
y viven todavía.

No son los muertos, no los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos,
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la vida que vivimos,
la vida es el honor, es el recuerdo.
Por eso hay hombres que en el Mundo viven,
y hombres que viven en el Mundo muertos.